Es costumbre generalizada emplear el apelativo animales para referirse a quienes actúan con brutalidad, salvajismo, falta de consideración y, en fin, para aquellos cuyo comportamiento les aleja de lo que se supone debe ser el comportamiento de los seres humanos; se asume con ese uso lingüístico que , por estar por debajo de los hombres en la escala evolutiva -o por haber sido creados por dios en condición de inferioridad, desde el punto de vista religioso- , en los animales, los comportamientos brutales quedan justificados. Cuando una persona ejerce un acto de clara crueldad o salvajismo, entonces, llamarle animal es degradarle con justicia.
El problema es que ese uso común esconde una mentira de fondo, la mentira que nos hace olvidar que llamar animales a ciertos seres humanos es en realidad una ofensa contra los verdaderos animales, seres inacapaces del grado de malevolencia, sadismo y crueldad al que la humanidad es capaz de llegar. Porque no se ha visto que ningún animal, por ejemplo, torture, degrade y asesine a otro, menos aún, injustificadamente, sin que sus acciones obedezcan a su genuino instinto de supervivencia. Que para ciertas personas el trato de animales es un halago que no se merecen, es una vieja verdad que pude confirmar hace unos días después de revisar cierta información que encontré por casualidad en internet.
La información, referente al comercio de pieles de marta, zorro, foca y otras especies, en países como China, Noruega o Canadá, consiste en videos y fotos de la captura y muerte, previa tortura, de miles de animales. Un video en particular, filmado en una granja en China que provee de pieles de zorro y otras especies a Europa y América, muestra el acto criminal de aporrear a un animal vivo contra el piso para romperle los huesos; cortale las patas; proceder a desollarlo -el animal sigue vivo- y arrojarlo a una pila de decenas de animales que han sufrido el mismo trato y muchos de los cuales, mucho tiempo después de haber sido despojados de su piel, siguen respirando y retorciéndose de dolor.
Las denuncias contra el mal trato a los animales y contra el comercio despiadado de pieles, son de vieja data y para algunos han pasado a convertirse en tema de ecologistas y activistas desocupados. Yo, personalmente, no milito en ningún movimiento, ni pertenezco a ninguna organización, ecologista, ambientalista, etc. Pero no por eso pude dejar pasar una información que desconocía y que, al momento de encontrarla, me hizo preguntarme una vez más si no tienen razón los filósofos y poetas que han afirmado -como Borges, entre otros- que el cielo y el infierno no existen más allá de la misma tierra; y que para muchos seres (humanos, por supuesto, y también animales, como se comprueba fácilmente) este es el peor mundo posible. Y es que no se comprende la razón de tanto dolor injustificado, de tanta tortura, ejercidas a escala mayor, legalmente y amparadas en la ignorancia y la indiferencia.
El punto aquí es precisamente la inutilidad de ese dolor, porque aunque a muy poca gente le importe, a muchos nos parece que matar docientos zorros para que un rico se ponga un abrigo es una desproporción y un abuso. Y no sólo matarlos: desollarlos y mutilarlos vivos, torturarlos. El escritor colombiano Fernando Vallejo escribía hace poco que la tradición judeo-cristiana ha demostrado, siempre, un desprecio rampante por los animales, y que al igual que en las otras grandes religiones, no se encuentran en el cristianismo señales de respeto o consideración por lo que él llama, con justicia, mi otro prójimo. La verdad es que la tradición occidental, especialmente en el colmo de su madurez, que es la Modernidad, ha llevado a cabo una labor de aniquilamiento no sólo de los animales, sino de su entorno natural en general. Lo que se explica por el absurdo y delirante antropocentrismo que alimenta a la tradición judeo-cristiana y a partir de allí a la cultura de Occidente: el hombre, sal de la tierra, imagen y semejanza de dios, tardó varios siglos en aceptar lo evidente, que el universo no gira alrededor suyo; en el punto máximo de la civilización y la cultura, en el apogeo de la ciencia, seguimos padeciendo de lo que los filósofos de Frankfurt denominaron enfermedad de la razón: la ciencia y el pensamiento al servicio de los medios, el olvido y desconocimiento de los fines. En fin, la sana y noble razón gobernada por el absurdo.
¿Qué necesidad humana se suple con el asesinato de millones de animales, tras ser degradados y torturados? ¿La de abrigo? ¿O simplemente, la del lujo y la ostentación inútiles? A los que nos da piedra que le den una patada a un perro, ver la mirada de un zorro agonizante que acababa de ser mutilado y desollado por un trabajador de una granja en China, se nos aparece como una monstruosidad y un crimen de proporciones mayores: a cuenta de un lujo innecesario y en pro del único referente superior que le queda a la humanidad como guía: la ganancia.
Nietzsche escribió que el hombre es el único animal enfermo, y el único malvado. Un sólo vistazo a sus absurdas obras, y a sus absurdas razones, lo comprueban.
Para ver información al respecto (estadísticas, etc) , sin ver el video:
http://www.altarriba.org/2/verguenza/vg-china1.htm
http://www.strasbourgcurieux.com/fourrure/Pieles%20de%20lujo.htm
Para ver el video, a su cuenta y riesgo
http://www.strasbourgcurieux.com/fourrure/spanish.php
Oscar Javier Jiménez
2005
Wednesday, October 05, 2005
Subscribe to:
Posts (Atom)