Wednesday, October 05, 2005

Animales

Es costumbre generalizada emplear el apelativo animales para referirse a quienes actúan con brutalidad, salvajismo, falta de consideración y, en fin, para aquellos cuyo comportamiento les aleja de lo que se supone debe ser el comportamiento de los seres humanos; se asume con ese uso lingüístico que , por estar por debajo de los hombres en la escala evolutiva -o por haber sido creados por dios en condición de inferioridad, desde el punto de vista religioso- , en los animales, los comportamientos brutales quedan justificados. Cuando una persona ejerce un acto de clara crueldad o salvajismo, entonces, llamarle animal es degradarle con justicia.

El problema es que ese uso común esconde una mentira de fondo, la mentira que nos hace olvidar que llamar animales a ciertos seres humanos es en realidad una ofensa contra los verdaderos animales, seres inacapaces del grado de malevolencia, sadismo y crueldad al que la humanidad es capaz de llegar. Porque no se ha visto que ningún animal, por ejemplo, torture, degrade y asesine a otro, menos aún, injustificadamente, sin que sus acciones obedezcan a su genuino instinto de supervivencia. Que para ciertas personas el trato de animales es un halago que no se merecen, es una vieja verdad que pude confirmar hace unos días después de revisar cierta información que encontré por casualidad en internet.

La información, referente al comercio de pieles de marta, zorro, foca y otras especies, en países como China, Noruega o Canadá, consiste en videos y fotos de la captura y muerte, previa tortura, de miles de animales. Un video en particular, filmado en una granja en China que provee de pieles de zorro y otras especies a Europa y América, muestra el acto criminal de aporrear a un animal vivo contra el piso para romperle los huesos; cortale las patas; proceder a desollarlo -el animal sigue vivo- y arrojarlo a una pila de decenas de animales que han sufrido el mismo trato y muchos de los cuales, mucho tiempo después de haber sido despojados de su piel, siguen respirando y retorciéndose de dolor.

Las denuncias contra el mal trato a los animales y contra el comercio despiadado de pieles, son de vieja data y para algunos han pasado a convertirse en tema de ecologistas y activistas desocupados. Yo, personalmente, no milito en ningún movimiento, ni pertenezco a ninguna organización, ecologista, ambientalista, etc. Pero no por eso pude dejar pasar una información que desconocía y que, al momento de encontrarla, me hizo preguntarme una vez más si no tienen razón los filósofos y poetas que han afirmado -como Borges, entre otros- que el cielo y el infierno no existen más allá de la misma tierra; y que para muchos seres (humanos, por supuesto, y también animales, como se comprueba fácilmente) este es el peor mundo posible. Y es que no se comprende la razón de tanto dolor injustificado, de tanta tortura, ejercidas a escala mayor, legalmente y amparadas en la ignorancia y la indiferencia.

El punto aquí es precisamente la inutilidad de ese dolor, porque aunque a muy poca gente le importe, a muchos nos parece que matar docientos zorros para que un rico se ponga un abrigo es una desproporción y un abuso. Y no sólo matarlos: desollarlos y mutilarlos vivos, torturarlos. El escritor colombiano Fernando Vallejo escribía hace poco que la tradición judeo-cristiana ha demostrado, siempre, un desprecio rampante por los animales, y que al igual que en las otras grandes religiones, no se encuentran en el cristianismo señales de respeto o consideración por lo que él llama, con justicia, mi otro prójimo. La verdad es que la tradición occidental, especialmente en el colmo de su madurez, que es la Modernidad, ha llevado a cabo una labor de aniquilamiento no sólo de los animales, sino de su entorno natural en general. Lo que se explica por el absurdo y delirante antropocentrismo que alimenta a la tradición judeo-cristiana y a partir de allí a la cultura de Occidente: el hombre, sal de la tierra, imagen y semejanza de dios, tardó varios siglos en aceptar lo evidente, que el universo no gira alrededor suyo; en el punto máximo de la civilización y la cultura, en el apogeo de la ciencia, seguimos padeciendo de lo que los filósofos de Frankfurt denominaron enfermedad de la razón: la ciencia y el pensamiento al servicio de los medios, el olvido y desconocimiento de los fines. En fin, la sana y noble razón gobernada por el absurdo.

¿Qué necesidad humana se suple con el asesinato de millones de animales, tras ser degradados y torturados? ¿La de abrigo? ¿O simplemente, la del lujo y la ostentación inútiles? A los que nos da piedra que le den una patada a un perro, ver la mirada de un zorro agonizante que acababa de ser mutilado y desollado por un trabajador de una granja en China, se nos aparece como una monstruosidad y un crimen de proporciones mayores: a cuenta de un lujo innecesario y en pro del único referente superior que le queda a la humanidad como guía: la ganancia.

Nietzsche escribió que el hombre es el único animal enfermo, y el único malvado. Un sólo vistazo a sus absurdas obras, y a sus absurdas razones, lo comprueban.

Para ver información al respecto (estadísticas, etc) , sin ver el video:
http://www.altarriba.org/2/verguenza/vg-china1.htm

http://www.strasbourgcurieux.com/fourrure/Pieles%20de%20lujo.htm

Para ver el video, a su cuenta y riesgo

http://www.strasbourgcurieux.com/fourrure/spanish.php

Oscar Javier Jiménez
2005




Wednesday, September 14, 2005

Pink Floyd

Qué vamos a usar
para llenar los espacios vacíos
donde solíamos hablar?

Nunca he estado en un concierto de Pink Floyd, o de alguno de sus miembros, que han hecho giras como solistas. Ante el estado de las cosas, es bien probable que ya nunca pueda verlos, aunque el concierto de julio de este año, y los persistentes rumores de una nueva gira mundial hayan hecho renacer la fe de sus adeptos. Muchos de ellos gente que, como yo, probablemente hayan nacido tardíamente para disfrutar el esplendor de uno de los grupos de músicos más talentosos del siglo XX.

Sin embargo, pese a no haberlos visto nunca; pese a que el año en que llegué a este mundo ya habían publicado su obra maestra; pese a vivir en un país que recibió a David Gilmour con una frialdad espantosa, fruto de la enorme ignorancia musical de sus habitantes...pese a todo eso, no ha pasado casi ningún día en los últimos 15 ó 16 años en que no haya escuchado una canción, al menos, de Pink Floyd, o leído algo en internet que me diera luces sobre el futuro de la banda, o haber observado una imagen suya. Esta clase de obsesiones suele generar la condescendencia, cuando no, la incomprensión de quienes no tienen un referente, una obsesión equivalente. Para ellos, por supuesto, no escribo esta página, sino para quienes saben exactamente lo que se siente.

Escuché a Pink Floyd por primera vez cuando tenía catorce años, una edad en la que era especialmente impresionable y vulnerable. Ya no me impresiono tan fácilmente. Últimamente me siento más vulnerable que entonces. En todo caso, los extraños acordes de The Wall, sus letras incomprensibles, me llegaron a través de una cinta -pésima, por cierto- que me grabó un amigo. Él tampoco sabía muy bien de qué se trataba todo eso. Mucho sospecho que nuestras obsesiones siguieron caminos bien distintos. Dado siempre a cierta tendencia hacia la soledad, un poco asocial y algo teatral, era apenas natural que, un año después, ver la película -protagonizada por Bob Geldof, dirigida por Alan Parker- significara para mí quedar enganchado en un universo complejo, desarrollado a través de una veintena de discos, dos películas, dos discos en concierto oficiales, innumerables grabaciones piratas...un universo raro, lleno de una imaginería fabulosa y de una calidad musical inigualable.

A lo largo de estos años los elementos propios de esa imaginería se fueron sumergiendo en mi psique, poblándola de cerdos voladores, de muros altísimos construidos con miedos y desencuentros cotidianos, de rosas que se devoran mutuamente después de amarse, de largos pasajes de oscuridad -el interludio de Echoes, la intoducción de Absolutely curtains, el disco Animals- y también con momentos luminosos y sublimes, pese a su trasfondo inevitablemente pesimista y sombrío -Brain damage, Wish you were here-. Indudablemente, lo que uno lee, lo que escucha, las películas que ama, son las cosas que lo van convirtiendo en lo que en el fondo es...aunque suene paradójico, pero esas cosas que vienen de afuera, pero que uno elige -precisamente por eso, porque las elige-, son las que le dan una forma y le proveen de una manera de ver el mundo y, ciertamente, de una coraza para defenderse de él.

No deja de parecerme curioso el hecho de que Pink Floyd sea todo lo contrario a un grupo marginal. Es decir, no es una banda de culto de esas que poseen un puñado de adeptos esparcidos por el mundo: las ventas millonarias de sus discos, la multitudinaria asistencia a sus giras, la devoción que hizo que la gira PULSE fuera uno de los espectáculos más fabulosos vistos en esta era definida por el espectáculo, los convierten en uno de los grupos comercialmente más exitosos del mundo. Lo importante aquí, es el carácter intimista e introspectivo, a menudo melancólico que recorre su música y que aún tras la parafernalia que rodea un concierto suyo, queda flotando en el ambiente: lo que demuestra que pese a lo desalentadoras que sean -y con razón- las conclusiones de los que estudian los fenómenos de la cultura, en estos tiempos queda espacio para el arte mayor, para la calidad, para lo trascendente. Y que es accesible al gran público: ahí está, sólo se trata de abrir la mente y los oídos.

Es la primera vez que utilizo este medio. Lo he encontrado como una alternativa para buscar a quienes tengan algo que compartir, un punto de vista, una obsesión, una pregunta. Por otra parte, escribir se me aparece ahora como una tabla de salvación ante una rutina que mina todo lo que nos hace humanos: nuestra imaginación, nuestros deseos de comunicar, nuestra capacidad de escuchar. Citando a Roger Waters, y a Pink Floyd, a quienes inevitablemente tenía que dedicar ésta primera carta enviada al vacío -¿Is there anybody outhere?-, debo despedirme de todos, diciendo:

Tengo unas enormes ganas de volar
pero ningún sitio a dónde volar
Nobody home, The wall, 1979

Bogotá, 14-09-2005