Después de las conmovedoras escenas de ayer: gente de todas las procedencias, partidos políticos y estratos sociales (al menos eso decían en los noticieros) portando pancartas que gritaban a los cuatro vientos su indignación; enseñando camisetas con la bandera y un no rotundo a los violentos; cantando el himno nacional desde las ventanas de las oficinas y pitando desde los carros como para que oigan en Caracas...después de esa conmovedora, estremecedora y emocionante muestra de que Colombia es pasión, de que Definitivamente los colombianos somos unos verracos, y de que Los colombianos buenos somos más...después de esa marcha, la de Facebook, la de Paracol y RCN, el próximo 6 de marzo viene otra: la de las víctimas de la violencia estatal. Valga decir: la de las víctimas de los paramilitares, de los abusos del ejército y la policía, la de los familiares de los desaparecidos, los descuartizados, los desplazados.
Y es que sí: en Colombia los únicos que cometen actos atroces de violencia no son los criminales de las FARC. Que secuestran, matan, se toman pueblos, bombardean carreteras, fusilan inocentes. De acuerdo: las FARC hacen todo eso y mucho más. Lo delicado es que a la sociedad civil colombiana, a la opinión pública, al colombiano promedio, se le olvida, o le han hecho olvidar, o nunca se ha enterado, de que hay otras fuentes igual de atroces y de aberrantes de la violencia en el país: la masa ignora, porque desconoce o simplemente porque quiere ignorar, las fosas comunes, los descuartizados, los desplazados, los magnicidios. La eliminación sistemática de grupos sociales, de comunidades indígenas, de pueblos campesinos, asesinados para sacarlos de una finca, para robarles una tierra, para alejarlos de las zonas de influencia de multinacionales auríferas o palmíferas o petroleras. Y con la excusa infame de que era para liberar al país de las FARC. Cuando lo cierto es que los paramilitares, los asesinos a sueldo de los terratenientes y de los narcotraficantes del país nunca se han enfrentado abiertamente con la guerrilla: siempre lo han hecho con sus 'colaboradores': campesinos desarmados, estudiantes, sindicalistas, profesores. Y con la ayuda del ejército y de la policía, como en el triste caso de Mapiripán.
Lo cierto y lo triste es que hablar de los secuestrados de las FARC se puso de moda. Es posible que los amigos de Facebook lo miren a uno con recelo si se ha abstenido de meterse al grupo en contra de las FARC, o al que clama porque no compremos productos venezolanos. Lo cierto es que muchos no adherimos a ciertas iniciativas por lo que contienen de manipulación y de hipocresía. Porque la marcha de ayer para los grandes medios no era un clamor por la vida de los secuestrados, era una legitimación de la seguridad democrática, era un ejercicio de exclusión donde estar en contra de las FARC tiene que significar, necesariamente, estar con Uribe y con su gobierno paramilitar y traqueto. Lo de ayer fue el lanzamiento de la segunda reelección. Por algo la opinión pública, los noticieros, los loquillos de Facebook y la gente linda que organizó la cosa, así como el pueblo raso que embebido de patriotismo sacó el trapo blanco, miró con cierta desconfianza a los que nos negamos a participar en una iniciativa que apoyó hasta Salvatore Mancuso, posiblemente el criminal más grande de nuestra historia (que también tiene su combo en Facebook; busquen, y verán). Por algo las pancartas con dibujos de Piedad Córdoba y Chávez vestidos de guerrilleros. Más allá de que uno comulgue o no con las tesis de esas personas, lo intresante aquí es analizar el fenómeno de manipulación que se montó y que tan bien les salió.
A la marcha del 6 de marzo de las víctimas de los crímenes de estado, seguramente no la van a apoyar Paracol, ni RCN ni City TV; seguramente no van a estar Vargas Lleras, ni Gina Parody, ni los de la Javeriana, ni la gente linda de Facebook. Seguramente el presidentico saldrá a decir que la marcha está organizada por los enemigos de la patria. Seguramente los mirarán con recelo o, peor aún, con indiferencia, desde las ventanas de las oficinas; nadie va a pagar una millonada para llenar la carrera 30 de pancartas y vallas, porque las víctimas de la violencia de estado que actualmente comanda el presidente Uribe, comandante en jefe del paramilitarismo en Colombia, no tienen plata para eso.
Hoy la mamá de Ingrid Betancur se reunirá con Benedicto XVI para pedirle dos cosas: que le haga el milagro de liberar a todos los secuestrados, y el milagro aún más grande de ponerle fin al gobierno Uribe. Si Benedicto logra semejante milagro...me vuelvo católico. Se los prometo.
Tuesday, February 05, 2008
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