Es un hecho que ver a los monstruos de la música cuando ya andan cuarentones, cincuentones (y hasta sesentones, como Roger Waters), pueda no ser tan grandioso como haberlos visto en su apogeo...bueno, ese es un punto de vista, porque: haber visto a Pink Floyd tocar The wall en el 81 tiene que haber sido una experiencia inolvidable para todos los que la vivieron, pero, haber visto a Roger Waters, en Bogotá, después de pasar noches enteras durante más de 15 años fantaseando con ver a Pink Floyd o a lo que más se le parezca (y si alguien merece ser llamado Pink Floyd es Roger Waters...), bueno, esto también es memorable y se apunta como una de las experiencias de la vida. Pero en fin, iba a hablar de Judas Priest. El punto es que talvez muchos puedan objetarle al concierto de Judas que Halford ya está viejito, que ya no corre y que camina todo el concierto, que la voz ya no alcanza los niveles de los 70 y 80, que el último disco no es tan bueno como el Painkiller o el Screaming...
Y es posible que en cierta forma tengan razón. Pero también es cierto que ver en un lapso de tres años a: la mejor banda de thrash metal del mundo, Slayer; al genio que escribió los mejores discos de la mejor banda del mundo, o sea a Roger Waters; a la garganta de hierro Bruce Dickinson, de Iron Maiden; y ahora, a Judas Priest, los papás del heavy metal, eso es algo que hace 10 años ni nos imaginábamos que podía pasar. Acostumbrados a que aquí no vengan sino Victor Manuel y Gilberto Santarosa, a Farina, Shakira y Mauricio Palodeagua o como coño sea que se llame, a ver a las grandes bandas apenas en dvd, esta oleada de conciertos no puede más que ser motivo de felicidad para rockeros, metaleros y demás amantes de los sonidos fuertes. Así que a romperse la madre en Dissident agressor, a rezarle a Judas para que canten Beyond the realms of death, y a poner cuidado en las canciones del nuevo disco, que si bien no es el Painkiller, es una propuesta distinta a todo lo que ha hecho Judas antes, sin perder su sonido escencial, y eso lo hace muy interesante...
Todavía no lo acabo de creer...
Wednesday, August 13, 2008
Tuesday, February 05, 2008
LA MARCHA DE AYER...Y LA QUE VIENE
Después de las conmovedoras escenas de ayer: gente de todas las procedencias, partidos políticos y estratos sociales (al menos eso decían en los noticieros) portando pancartas que gritaban a los cuatro vientos su indignación; enseñando camisetas con la bandera y un no rotundo a los violentos; cantando el himno nacional desde las ventanas de las oficinas y pitando desde los carros como para que oigan en Caracas...después de esa conmovedora, estremecedora y emocionante muestra de que Colombia es pasión, de que Definitivamente los colombianos somos unos verracos, y de que Los colombianos buenos somos más...después de esa marcha, la de Facebook, la de Paracol y RCN, el próximo 6 de marzo viene otra: la de las víctimas de la violencia estatal. Valga decir: la de las víctimas de los paramilitares, de los abusos del ejército y la policía, la de los familiares de los desaparecidos, los descuartizados, los desplazados.
Y es que sí: en Colombia los únicos que cometen actos atroces de violencia no son los criminales de las FARC. Que secuestran, matan, se toman pueblos, bombardean carreteras, fusilan inocentes. De acuerdo: las FARC hacen todo eso y mucho más. Lo delicado es que a la sociedad civil colombiana, a la opinión pública, al colombiano promedio, se le olvida, o le han hecho olvidar, o nunca se ha enterado, de que hay otras fuentes igual de atroces y de aberrantes de la violencia en el país: la masa ignora, porque desconoce o simplemente porque quiere ignorar, las fosas comunes, los descuartizados, los desplazados, los magnicidios. La eliminación sistemática de grupos sociales, de comunidades indígenas, de pueblos campesinos, asesinados para sacarlos de una finca, para robarles una tierra, para alejarlos de las zonas de influencia de multinacionales auríferas o palmíferas o petroleras. Y con la excusa infame de que era para liberar al país de las FARC. Cuando lo cierto es que los paramilitares, los asesinos a sueldo de los terratenientes y de los narcotraficantes del país nunca se han enfrentado abiertamente con la guerrilla: siempre lo han hecho con sus 'colaboradores': campesinos desarmados, estudiantes, sindicalistas, profesores. Y con la ayuda del ejército y de la policía, como en el triste caso de Mapiripán.
Lo cierto y lo triste es que hablar de los secuestrados de las FARC se puso de moda. Es posible que los amigos de Facebook lo miren a uno con recelo si se ha abstenido de meterse al grupo en contra de las FARC, o al que clama porque no compremos productos venezolanos. Lo cierto es que muchos no adherimos a ciertas iniciativas por lo que contienen de manipulación y de hipocresía. Porque la marcha de ayer para los grandes medios no era un clamor por la vida de los secuestrados, era una legitimación de la seguridad democrática, era un ejercicio de exclusión donde estar en contra de las FARC tiene que significar, necesariamente, estar con Uribe y con su gobierno paramilitar y traqueto. Lo de ayer fue el lanzamiento de la segunda reelección. Por algo la opinión pública, los noticieros, los loquillos de Facebook y la gente linda que organizó la cosa, así como el pueblo raso que embebido de patriotismo sacó el trapo blanco, miró con cierta desconfianza a los que nos negamos a participar en una iniciativa que apoyó hasta Salvatore Mancuso, posiblemente el criminal más grande de nuestra historia (que también tiene su combo en Facebook; busquen, y verán). Por algo las pancartas con dibujos de Piedad Córdoba y Chávez vestidos de guerrilleros. Más allá de que uno comulgue o no con las tesis de esas personas, lo intresante aquí es analizar el fenómeno de manipulación que se montó y que tan bien les salió.
A la marcha del 6 de marzo de las víctimas de los crímenes de estado, seguramente no la van a apoyar Paracol, ni RCN ni City TV; seguramente no van a estar Vargas Lleras, ni Gina Parody, ni los de la Javeriana, ni la gente linda de Facebook. Seguramente el presidentico saldrá a decir que la marcha está organizada por los enemigos de la patria. Seguramente los mirarán con recelo o, peor aún, con indiferencia, desde las ventanas de las oficinas; nadie va a pagar una millonada para llenar la carrera 30 de pancartas y vallas, porque las víctimas de la violencia de estado que actualmente comanda el presidente Uribe, comandante en jefe del paramilitarismo en Colombia, no tienen plata para eso.
Hoy la mamá de Ingrid Betancur se reunirá con Benedicto XVI para pedirle dos cosas: que le haga el milagro de liberar a todos los secuestrados, y el milagro aún más grande de ponerle fin al gobierno Uribe. Si Benedicto logra semejante milagro...me vuelvo católico. Se los prometo.
Y es que sí: en Colombia los únicos que cometen actos atroces de violencia no son los criminales de las FARC. Que secuestran, matan, se toman pueblos, bombardean carreteras, fusilan inocentes. De acuerdo: las FARC hacen todo eso y mucho más. Lo delicado es que a la sociedad civil colombiana, a la opinión pública, al colombiano promedio, se le olvida, o le han hecho olvidar, o nunca se ha enterado, de que hay otras fuentes igual de atroces y de aberrantes de la violencia en el país: la masa ignora, porque desconoce o simplemente porque quiere ignorar, las fosas comunes, los descuartizados, los desplazados, los magnicidios. La eliminación sistemática de grupos sociales, de comunidades indígenas, de pueblos campesinos, asesinados para sacarlos de una finca, para robarles una tierra, para alejarlos de las zonas de influencia de multinacionales auríferas o palmíferas o petroleras. Y con la excusa infame de que era para liberar al país de las FARC. Cuando lo cierto es que los paramilitares, los asesinos a sueldo de los terratenientes y de los narcotraficantes del país nunca se han enfrentado abiertamente con la guerrilla: siempre lo han hecho con sus 'colaboradores': campesinos desarmados, estudiantes, sindicalistas, profesores. Y con la ayuda del ejército y de la policía, como en el triste caso de Mapiripán.
Lo cierto y lo triste es que hablar de los secuestrados de las FARC se puso de moda. Es posible que los amigos de Facebook lo miren a uno con recelo si se ha abstenido de meterse al grupo en contra de las FARC, o al que clama porque no compremos productos venezolanos. Lo cierto es que muchos no adherimos a ciertas iniciativas por lo que contienen de manipulación y de hipocresía. Porque la marcha de ayer para los grandes medios no era un clamor por la vida de los secuestrados, era una legitimación de la seguridad democrática, era un ejercicio de exclusión donde estar en contra de las FARC tiene que significar, necesariamente, estar con Uribe y con su gobierno paramilitar y traqueto. Lo de ayer fue el lanzamiento de la segunda reelección. Por algo la opinión pública, los noticieros, los loquillos de Facebook y la gente linda que organizó la cosa, así como el pueblo raso que embebido de patriotismo sacó el trapo blanco, miró con cierta desconfianza a los que nos negamos a participar en una iniciativa que apoyó hasta Salvatore Mancuso, posiblemente el criminal más grande de nuestra historia (que también tiene su combo en Facebook; busquen, y verán). Por algo las pancartas con dibujos de Piedad Córdoba y Chávez vestidos de guerrilleros. Más allá de que uno comulgue o no con las tesis de esas personas, lo intresante aquí es analizar el fenómeno de manipulación que se montó y que tan bien les salió.
A la marcha del 6 de marzo de las víctimas de los crímenes de estado, seguramente no la van a apoyar Paracol, ni RCN ni City TV; seguramente no van a estar Vargas Lleras, ni Gina Parody, ni los de la Javeriana, ni la gente linda de Facebook. Seguramente el presidentico saldrá a decir que la marcha está organizada por los enemigos de la patria. Seguramente los mirarán con recelo o, peor aún, con indiferencia, desde las ventanas de las oficinas; nadie va a pagar una millonada para llenar la carrera 30 de pancartas y vallas, porque las víctimas de la violencia de estado que actualmente comanda el presidente Uribe, comandante en jefe del paramilitarismo en Colombia, no tienen plata para eso.
Hoy la mamá de Ingrid Betancur se reunirá con Benedicto XVI para pedirle dos cosas: que le haga el milagro de liberar a todos los secuestrados, y el milagro aún más grande de ponerle fin al gobierno Uribe. Si Benedicto logra semejante milagro...me vuelvo católico. Se los prometo.
Saturday, January 12, 2008
URIBESTIAS
Acabo de abrir el blog de Felipe Zuleta, como suelo hacer cada día desde que lo descubrí hace unos meses. Encuentro el siguiente mensaje: 'El blog se ha cerrado. El país queda en manos de los narcos, y eso le gusta a la gente'. Para quienes no lo conocieron, les cuento: el blog de Felipe Zuleta se encargó durante un par de años de mostrarle a quienes quisieran ver, la realidad acerca del gobierno de Colombia, del presidente de Colombia, del pasado, el presente y el futuro de Colombia. Gracias al blog de Felipe Zuleta, así como a la voz y la pluma de muchos periodistas, columnistas, escritores y bloggers anónimos o conocidos, supimos de muchas cosas. Supimos, por ejemplo, de los ultrademostrados nexos de la familia Uribe Vélez de Antioquia con el cartel de Medellín. De los fabulosos viajes de cocaína que Pablo Escobar puso en Estados Unidos siendo 'El doptor Varito' director de Aerocivil. Vimos las fotos que Uribe se tomó con narcotraficantes que luego se convirtieron en paramilitares para que les dieran estatus político, se acogieran a la ley de justicia y paz, y ahora paguen cuatro añitos de cárcel por traficar, matar, desplazar, asesinar y descuartizar. Gracias a gente como Zuleta pudimos comprobar una y otra vez lo que muchos sopechamos hace tiempo: que el cartel de Medellín logró lo que una vez fue el sueño de Escobar: llegar al Palacio de Nariño. Mejor dicho, al Palacio de Narquiño. Bueno, en fin. El caso es que hoy el blog de Felipe Zuleta se cerró. Zuleta, como muchos otros, había tenido que seguir el camino del exilio. Como Coronell, como Molano y tantos otros. Silenciados por el régimen paramilitar, narcotraficante, sicarial y neoliberal de Alvaro Uribe y su cohorte de hampones y asesinos: el alto consejero presidencial que tiene serios nexos con las muertes de Cano y Lara Bonilla; el ex director del DAS que le entregaba a los paras listas de sindicalistas, profesores y estudiantes para que los mataran; el general Rito Alejo que participó como autor en masacres de campesinos; el ex embajador en Chile que es un reconocido traqueto y asesino; y la recua de congresistas ahora en la cárcel o investigados por paramilitarismo. Esos son los amigos de presidente y eso es lo que a la gente le gusta en Colombia: el dinero fácil, la chabacanería, la ostentación, la cultura de la prepago. Las mentiras de Paracol, Radio Casa de Narquiño (RCN) y las lambonerías de la W. La imbecilidad de las prepago que ahora presentan farándula. Los chismes acerca de los hijitos del presidente. El blog de Felipe Zuleta se cerró, y se calló otra voz disidente. En este país los que pensamos distinto somos apátridas, guerrilleros, terroristas, enemigos de nuestro país, chavistas. Ser antiuribista aquí es ser de las Farc. Eso es lo que nos enseñaron a pensar en las noticias. No se entiende que uno pueda ser enemigo y detractor del gobierno actual y, a la vez, ser enemigo y detractor de las Farc y su proyecto criminal y sin fundamento político. Buena suerte Felipe, ojalá vuelva a escribir para que nos reencontremos todos los que visitábamos su blog, compartíamos información, opiniones y hasta chistes, y nos reconfortábamos al saber que mucha gente piensa como nosotros, y que no son guerrilleros ni terroristas, sino gente de bien. Porque las personas de bien somos antiuribistas no porque seamos simpatizantes de las Farc, sino porque nos duele que el país -nuestro país- sea gobernado por un montañero traqueto, narco, marrullero, mañoso, saltapatrás y vendido. Esa es la verdad, aunque le duela a los uribestias.
Monday, December 03, 2007
Una promesa para mi hijo
No les puedo negar que me da mucho miedo ser responsable por la vida de un nuevo ser humano. Y es que el mundo en el que vivo, y en el que vivirá mi hijo, me asusta. Me duele. Me produce rabia y a veces una amarga desesperanza. Este mundo me hace cuestionarme por las razones que nos hacen humanos. Me hace preguntarme qué significa ser humanos. Un mundo donde todos los días se desperdician millones de toneladas de comida, y donde un niño se muere de física hambre cada minuto; algunas de esas muertes ocurren muy cerca de aquí, en medio de esta opulencia miserable. Un mundo donde matan a golpes a 50 zorros, y los despellejan vivos, para que una puta se pueda poner un abrigo. Un mundo donde le cortan las manos a los niños, a las mujeres y a los hombres, por unas piedritas que brillan mucho y que la sociedad opulenta y miserable ha convertido en símbolos de amor: un diamante en el anillo de compromiso de un rico tiene detrás alguna familia mutilada y desmembrada en Sierra Leona, o en algún otro país de Africa.
Hace unos días vi a un hombre muy viejo y muy solo comiendo sobras en un supermercado. Andaba entre las mesas a la espera de que alguien dejara algun resto en un plato. A la salida del supermercado lo vi llorando, y me fui con una buena dosis de tristeza atragantada en el alma. Me duele la gente que envejece sola, con el estómago hambriento y con el corazón hambriento. Me duele saber que en mi país hay gente a la que descuartizan viva; me duele que a la mayoría de la gente no le importe. Creo que no les importa porque no lo ven, y no lo ven porque no ver es un mecanismo de defensa para poder seguir viviendo. A veces quisiera no ver. A veces quisiera que no me doliera.
Me asusta que mi hijo crezca en este mundo infame, indiferente, desquiciado. Me asustan mis propios errores, que seguramente serán muchos. Me asusta hacer promesas que no pueda cumplir.
Pero delante de ustedes le quiero hacer unas cuantas promesas a mi hijo, que espero la vida me deje cumplir:
Le prometo enseñarle a ver la belleza que, a pesar de todo, hay en el mundo. Le prometo que vamos a reírnos mucho juntos. Le prometo mirar juntos los dibujos de los libros. Le prometo derrotar mi impaciencia crónica. Le pido que me tenga paciencia a mí mismo, que seguramente me voy a equivocar muchas, muchísimas veces. Le prometo que vamos a disfrutar juntos de las cosas que a mí me ayudan a vivir: la risa de su mamá, el cariño de sus abuelos, mis buenos amigos; la maravilla de la música, la magia de los libros, el valor de lo sencillo. Le prometo que algún día le daremos de comer a un perrito de la calle. Le prometo tratar de enseñarle a ser una persona justa y buena, aunque muchas veces yo mismo no lo haya sido.
A ustedes los pongo como testigos de mis promesas. Mi hijo será mi jurado más implacable, en este, que es el reto más importante que he tenido en la vida. He fracasado en casi todo. No puedo fracasar en esto. Puedo equivocarme muchas veces, puedo cometer mil errores, incluso puede que no aprenda de mis errores. Pero desde ya te pido perdón, hijo, y te pido que me entiendas: eres lo mejor que he hecho en mi vida, y tu mamita y yo tenemos en tí el motivo más importante. Desde ya perdónanos cuando te fallemos. Te prometo que por tí trataremos de ser mejores personas de lo que somos.
Se me ocurren mil cosas para prometerle a mi hijo, pero para empezar puedo prometerle que por más dolor y miseria que haya en el mundo, lucharemos, su mamá y yo, para que la fealdad del mundo no lo ensucie. Para que aprenda a disfrutar de las cosas que hacen del mundo un lugar en el que vale la pena vivir, en medio de todo. Ustedes son mis testigos.
Hace unos días vi a un hombre muy viejo y muy solo comiendo sobras en un supermercado. Andaba entre las mesas a la espera de que alguien dejara algun resto en un plato. A la salida del supermercado lo vi llorando, y me fui con una buena dosis de tristeza atragantada en el alma. Me duele la gente que envejece sola, con el estómago hambriento y con el corazón hambriento. Me duele saber que en mi país hay gente a la que descuartizan viva; me duele que a la mayoría de la gente no le importe. Creo que no les importa porque no lo ven, y no lo ven porque no ver es un mecanismo de defensa para poder seguir viviendo. A veces quisiera no ver. A veces quisiera que no me doliera.
Me asusta que mi hijo crezca en este mundo infame, indiferente, desquiciado. Me asustan mis propios errores, que seguramente serán muchos. Me asusta hacer promesas que no pueda cumplir.
Pero delante de ustedes le quiero hacer unas cuantas promesas a mi hijo, que espero la vida me deje cumplir:
Le prometo enseñarle a ver la belleza que, a pesar de todo, hay en el mundo. Le prometo que vamos a reírnos mucho juntos. Le prometo mirar juntos los dibujos de los libros. Le prometo derrotar mi impaciencia crónica. Le pido que me tenga paciencia a mí mismo, que seguramente me voy a equivocar muchas, muchísimas veces. Le prometo que vamos a disfrutar juntos de las cosas que a mí me ayudan a vivir: la risa de su mamá, el cariño de sus abuelos, mis buenos amigos; la maravilla de la música, la magia de los libros, el valor de lo sencillo. Le prometo que algún día le daremos de comer a un perrito de la calle. Le prometo tratar de enseñarle a ser una persona justa y buena, aunque muchas veces yo mismo no lo haya sido.
A ustedes los pongo como testigos de mis promesas. Mi hijo será mi jurado más implacable, en este, que es el reto más importante que he tenido en la vida. He fracasado en casi todo. No puedo fracasar en esto. Puedo equivocarme muchas veces, puedo cometer mil errores, incluso puede que no aprenda de mis errores. Pero desde ya te pido perdón, hijo, y te pido que me entiendas: eres lo mejor que he hecho en mi vida, y tu mamita y yo tenemos en tí el motivo más importante. Desde ya perdónanos cuando te fallemos. Te prometo que por tí trataremos de ser mejores personas de lo que somos.
Se me ocurren mil cosas para prometerle a mi hijo, pero para empezar puedo prometerle que por más dolor y miseria que haya en el mundo, lucharemos, su mamá y yo, para que la fealdad del mundo no lo ensucie. Para que aprenda a disfrutar de las cosas que hacen del mundo un lugar en el que vale la pena vivir, en medio de todo. Ustedes son mis testigos.
Wednesday, October 05, 2005
Animales
Es costumbre generalizada emplear el apelativo animales para referirse a quienes actúan con brutalidad, salvajismo, falta de consideración y, en fin, para aquellos cuyo comportamiento les aleja de lo que se supone debe ser el comportamiento de los seres humanos; se asume con ese uso lingüístico que , por estar por debajo de los hombres en la escala evolutiva -o por haber sido creados por dios en condición de inferioridad, desde el punto de vista religioso- , en los animales, los comportamientos brutales quedan justificados. Cuando una persona ejerce un acto de clara crueldad o salvajismo, entonces, llamarle animal es degradarle con justicia.
El problema es que ese uso común esconde una mentira de fondo, la mentira que nos hace olvidar que llamar animales a ciertos seres humanos es en realidad una ofensa contra los verdaderos animales, seres inacapaces del grado de malevolencia, sadismo y crueldad al que la humanidad es capaz de llegar. Porque no se ha visto que ningún animal, por ejemplo, torture, degrade y asesine a otro, menos aún, injustificadamente, sin que sus acciones obedezcan a su genuino instinto de supervivencia. Que para ciertas personas el trato de animales es un halago que no se merecen, es una vieja verdad que pude confirmar hace unos días después de revisar cierta información que encontré por casualidad en internet.
La información, referente al comercio de pieles de marta, zorro, foca y otras especies, en países como China, Noruega o Canadá, consiste en videos y fotos de la captura y muerte, previa tortura, de miles de animales. Un video en particular, filmado en una granja en China que provee de pieles de zorro y otras especies a Europa y América, muestra el acto criminal de aporrear a un animal vivo contra el piso para romperle los huesos; cortale las patas; proceder a desollarlo -el animal sigue vivo- y arrojarlo a una pila de decenas de animales que han sufrido el mismo trato y muchos de los cuales, mucho tiempo después de haber sido despojados de su piel, siguen respirando y retorciéndose de dolor.
Las denuncias contra el mal trato a los animales y contra el comercio despiadado de pieles, son de vieja data y para algunos han pasado a convertirse en tema de ecologistas y activistas desocupados. Yo, personalmente, no milito en ningún movimiento, ni pertenezco a ninguna organización, ecologista, ambientalista, etc. Pero no por eso pude dejar pasar una información que desconocía y que, al momento de encontrarla, me hizo preguntarme una vez más si no tienen razón los filósofos y poetas que han afirmado -como Borges, entre otros- que el cielo y el infierno no existen más allá de la misma tierra; y que para muchos seres (humanos, por supuesto, y también animales, como se comprueba fácilmente) este es el peor mundo posible. Y es que no se comprende la razón de tanto dolor injustificado, de tanta tortura, ejercidas a escala mayor, legalmente y amparadas en la ignorancia y la indiferencia.
El punto aquí es precisamente la inutilidad de ese dolor, porque aunque a muy poca gente le importe, a muchos nos parece que matar docientos zorros para que un rico se ponga un abrigo es una desproporción y un abuso. Y no sólo matarlos: desollarlos y mutilarlos vivos, torturarlos. El escritor colombiano Fernando Vallejo escribía hace poco que la tradición judeo-cristiana ha demostrado, siempre, un desprecio rampante por los animales, y que al igual que en las otras grandes religiones, no se encuentran en el cristianismo señales de respeto o consideración por lo que él llama, con justicia, mi otro prójimo. La verdad es que la tradición occidental, especialmente en el colmo de su madurez, que es la Modernidad, ha llevado a cabo una labor de aniquilamiento no sólo de los animales, sino de su entorno natural en general. Lo que se explica por el absurdo y delirante antropocentrismo que alimenta a la tradición judeo-cristiana y a partir de allí a la cultura de Occidente: el hombre, sal de la tierra, imagen y semejanza de dios, tardó varios siglos en aceptar lo evidente, que el universo no gira alrededor suyo; en el punto máximo de la civilización y la cultura, en el apogeo de la ciencia, seguimos padeciendo de lo que los filósofos de Frankfurt denominaron enfermedad de la razón: la ciencia y el pensamiento al servicio de los medios, el olvido y desconocimiento de los fines. En fin, la sana y noble razón gobernada por el absurdo.
¿Qué necesidad humana se suple con el asesinato de millones de animales, tras ser degradados y torturados? ¿La de abrigo? ¿O simplemente, la del lujo y la ostentación inútiles? A los que nos da piedra que le den una patada a un perro, ver la mirada de un zorro agonizante que acababa de ser mutilado y desollado por un trabajador de una granja en China, se nos aparece como una monstruosidad y un crimen de proporciones mayores: a cuenta de un lujo innecesario y en pro del único referente superior que le queda a la humanidad como guía: la ganancia.
Nietzsche escribió que el hombre es el único animal enfermo, y el único malvado. Un sólo vistazo a sus absurdas obras, y a sus absurdas razones, lo comprueban.
Para ver información al respecto (estadísticas, etc) , sin ver el video:
http://www.altarriba.org/2/verguenza/vg-china1.htm
http://www.strasbourgcurieux.com/fourrure/Pieles%20de%20lujo.htm
Para ver el video, a su cuenta y riesgo
http://www.strasbourgcurieux.com/fourrure/spanish.php
Oscar Javier Jiménez
2005
El problema es que ese uso común esconde una mentira de fondo, la mentira que nos hace olvidar que llamar animales a ciertos seres humanos es en realidad una ofensa contra los verdaderos animales, seres inacapaces del grado de malevolencia, sadismo y crueldad al que la humanidad es capaz de llegar. Porque no se ha visto que ningún animal, por ejemplo, torture, degrade y asesine a otro, menos aún, injustificadamente, sin que sus acciones obedezcan a su genuino instinto de supervivencia. Que para ciertas personas el trato de animales es un halago que no se merecen, es una vieja verdad que pude confirmar hace unos días después de revisar cierta información que encontré por casualidad en internet.
La información, referente al comercio de pieles de marta, zorro, foca y otras especies, en países como China, Noruega o Canadá, consiste en videos y fotos de la captura y muerte, previa tortura, de miles de animales. Un video en particular, filmado en una granja en China que provee de pieles de zorro y otras especies a Europa y América, muestra el acto criminal de aporrear a un animal vivo contra el piso para romperle los huesos; cortale las patas; proceder a desollarlo -el animal sigue vivo- y arrojarlo a una pila de decenas de animales que han sufrido el mismo trato y muchos de los cuales, mucho tiempo después de haber sido despojados de su piel, siguen respirando y retorciéndose de dolor.
Las denuncias contra el mal trato a los animales y contra el comercio despiadado de pieles, son de vieja data y para algunos han pasado a convertirse en tema de ecologistas y activistas desocupados. Yo, personalmente, no milito en ningún movimiento, ni pertenezco a ninguna organización, ecologista, ambientalista, etc. Pero no por eso pude dejar pasar una información que desconocía y que, al momento de encontrarla, me hizo preguntarme una vez más si no tienen razón los filósofos y poetas que han afirmado -como Borges, entre otros- que el cielo y el infierno no existen más allá de la misma tierra; y que para muchos seres (humanos, por supuesto, y también animales, como se comprueba fácilmente) este es el peor mundo posible. Y es que no se comprende la razón de tanto dolor injustificado, de tanta tortura, ejercidas a escala mayor, legalmente y amparadas en la ignorancia y la indiferencia.
El punto aquí es precisamente la inutilidad de ese dolor, porque aunque a muy poca gente le importe, a muchos nos parece que matar docientos zorros para que un rico se ponga un abrigo es una desproporción y un abuso. Y no sólo matarlos: desollarlos y mutilarlos vivos, torturarlos. El escritor colombiano Fernando Vallejo escribía hace poco que la tradición judeo-cristiana ha demostrado, siempre, un desprecio rampante por los animales, y que al igual que en las otras grandes religiones, no se encuentran en el cristianismo señales de respeto o consideración por lo que él llama, con justicia, mi otro prójimo. La verdad es que la tradición occidental, especialmente en el colmo de su madurez, que es la Modernidad, ha llevado a cabo una labor de aniquilamiento no sólo de los animales, sino de su entorno natural en general. Lo que se explica por el absurdo y delirante antropocentrismo que alimenta a la tradición judeo-cristiana y a partir de allí a la cultura de Occidente: el hombre, sal de la tierra, imagen y semejanza de dios, tardó varios siglos en aceptar lo evidente, que el universo no gira alrededor suyo; en el punto máximo de la civilización y la cultura, en el apogeo de la ciencia, seguimos padeciendo de lo que los filósofos de Frankfurt denominaron enfermedad de la razón: la ciencia y el pensamiento al servicio de los medios, el olvido y desconocimiento de los fines. En fin, la sana y noble razón gobernada por el absurdo.
¿Qué necesidad humana se suple con el asesinato de millones de animales, tras ser degradados y torturados? ¿La de abrigo? ¿O simplemente, la del lujo y la ostentación inútiles? A los que nos da piedra que le den una patada a un perro, ver la mirada de un zorro agonizante que acababa de ser mutilado y desollado por un trabajador de una granja en China, se nos aparece como una monstruosidad y un crimen de proporciones mayores: a cuenta de un lujo innecesario y en pro del único referente superior que le queda a la humanidad como guía: la ganancia.
Nietzsche escribió que el hombre es el único animal enfermo, y el único malvado. Un sólo vistazo a sus absurdas obras, y a sus absurdas razones, lo comprueban.
Para ver información al respecto (estadísticas, etc) , sin ver el video:
http://www.altarriba.org/2/verguenza/vg-china1.htm
http://www.strasbourgcurieux.com/fourrure/Pieles%20de%20lujo.htm
Para ver el video, a su cuenta y riesgo
http://www.strasbourgcurieux.com/fourrure/spanish.php
Oscar Javier Jiménez
2005
Wednesday, September 14, 2005
Pink Floyd
Qué vamos a usar
para llenar los espacios vacíos
donde solíamos hablar?
Nunca he estado en un concierto de Pink Floyd, o de alguno de sus miembros, que han hecho giras como solistas. Ante el estado de las cosas, es bien probable que ya nunca pueda verlos, aunque el concierto de julio de este año, y los persistentes rumores de una nueva gira mundial hayan hecho renacer la fe de sus adeptos. Muchos de ellos gente que, como yo, probablemente hayan nacido tardíamente para disfrutar el esplendor de uno de los grupos de músicos más talentosos del siglo XX.
Sin embargo, pese a no haberlos visto nunca; pese a que el año en que llegué a este mundo ya habían publicado su obra maestra; pese a vivir en un país que recibió a David Gilmour con una frialdad espantosa, fruto de la enorme ignorancia musical de sus habitantes...pese a todo eso, no ha pasado casi ningún día en los últimos 15 ó 16 años en que no haya escuchado una canción, al menos, de Pink Floyd, o leído algo en internet que me diera luces sobre el futuro de la banda, o haber observado una imagen suya. Esta clase de obsesiones suele generar la condescendencia, cuando no, la incomprensión de quienes no tienen un referente, una obsesión equivalente. Para ellos, por supuesto, no escribo esta página, sino para quienes saben exactamente lo que se siente.
Escuché a Pink Floyd por primera vez cuando tenía catorce años, una edad en la que era especialmente impresionable y vulnerable. Ya no me impresiono tan fácilmente. Últimamente me siento más vulnerable que entonces. En todo caso, los extraños acordes de The Wall, sus letras incomprensibles, me llegaron a través de una cinta -pésima, por cierto- que me grabó un amigo. Él tampoco sabía muy bien de qué se trataba todo eso. Mucho sospecho que nuestras obsesiones siguieron caminos bien distintos. Dado siempre a cierta tendencia hacia la soledad, un poco asocial y algo teatral, era apenas natural que, un año después, ver la película -protagonizada por Bob Geldof, dirigida por Alan Parker- significara para mí quedar enganchado en un universo complejo, desarrollado a través de una veintena de discos, dos películas, dos discos en concierto oficiales, innumerables grabaciones piratas...un universo raro, lleno de una imaginería fabulosa y de una calidad musical inigualable.
A lo largo de estos años los elementos propios de esa imaginería se fueron sumergiendo en mi psique, poblándola de cerdos voladores, de muros altísimos construidos con miedos y desencuentros cotidianos, de rosas que se devoran mutuamente después de amarse, de largos pasajes de oscuridad -el interludio de Echoes, la intoducción de Absolutely curtains, el disco Animals- y también con momentos luminosos y sublimes, pese a su trasfondo inevitablemente pesimista y sombrío -Brain damage, Wish you were here-. Indudablemente, lo que uno lee, lo que escucha, las películas que ama, son las cosas que lo van convirtiendo en lo que en el fondo es...aunque suene paradójico, pero esas cosas que vienen de afuera, pero que uno elige -precisamente por eso, porque las elige-, son las que le dan una forma y le proveen de una manera de ver el mundo y, ciertamente, de una coraza para defenderse de él.
No deja de parecerme curioso el hecho de que Pink Floyd sea todo lo contrario a un grupo marginal. Es decir, no es una banda de culto de esas que poseen un puñado de adeptos esparcidos por el mundo: las ventas millonarias de sus discos, la multitudinaria asistencia a sus giras, la devoción que hizo que la gira PULSE fuera uno de los espectáculos más fabulosos vistos en esta era definida por el espectáculo, los convierten en uno de los grupos comercialmente más exitosos del mundo. Lo importante aquí, es el carácter intimista e introspectivo, a menudo melancólico que recorre su música y que aún tras la parafernalia que rodea un concierto suyo, queda flotando en el ambiente: lo que demuestra que pese a lo desalentadoras que sean -y con razón- las conclusiones de los que estudian los fenómenos de la cultura, en estos tiempos queda espacio para el arte mayor, para la calidad, para lo trascendente. Y que es accesible al gran público: ahí está, sólo se trata de abrir la mente y los oídos.
Es la primera vez que utilizo este medio. Lo he encontrado como una alternativa para buscar a quienes tengan algo que compartir, un punto de vista, una obsesión, una pregunta. Por otra parte, escribir se me aparece ahora como una tabla de salvación ante una rutina que mina todo lo que nos hace humanos: nuestra imaginación, nuestros deseos de comunicar, nuestra capacidad de escuchar. Citando a Roger Waters, y a Pink Floyd, a quienes inevitablemente tenía que dedicar ésta primera carta enviada al vacío -¿Is there anybody outhere?-, debo despedirme de todos, diciendo:
Tengo unas enormes ganas de volar
pero ningún sitio a dónde volar
Nobody home, The wall, 1979
Bogotá, 14-09-2005
para llenar los espacios vacíos
donde solíamos hablar?
Nunca he estado en un concierto de Pink Floyd, o de alguno de sus miembros, que han hecho giras como solistas. Ante el estado de las cosas, es bien probable que ya nunca pueda verlos, aunque el concierto de julio de este año, y los persistentes rumores de una nueva gira mundial hayan hecho renacer la fe de sus adeptos. Muchos de ellos gente que, como yo, probablemente hayan nacido tardíamente para disfrutar el esplendor de uno de los grupos de músicos más talentosos del siglo XX.
Sin embargo, pese a no haberlos visto nunca; pese a que el año en que llegué a este mundo ya habían publicado su obra maestra; pese a vivir en un país que recibió a David Gilmour con una frialdad espantosa, fruto de la enorme ignorancia musical de sus habitantes...pese a todo eso, no ha pasado casi ningún día en los últimos 15 ó 16 años en que no haya escuchado una canción, al menos, de Pink Floyd, o leído algo en internet que me diera luces sobre el futuro de la banda, o haber observado una imagen suya. Esta clase de obsesiones suele generar la condescendencia, cuando no, la incomprensión de quienes no tienen un referente, una obsesión equivalente. Para ellos, por supuesto, no escribo esta página, sino para quienes saben exactamente lo que se siente.
Escuché a Pink Floyd por primera vez cuando tenía catorce años, una edad en la que era especialmente impresionable y vulnerable. Ya no me impresiono tan fácilmente. Últimamente me siento más vulnerable que entonces. En todo caso, los extraños acordes de The Wall, sus letras incomprensibles, me llegaron a través de una cinta -pésima, por cierto- que me grabó un amigo. Él tampoco sabía muy bien de qué se trataba todo eso. Mucho sospecho que nuestras obsesiones siguieron caminos bien distintos. Dado siempre a cierta tendencia hacia la soledad, un poco asocial y algo teatral, era apenas natural que, un año después, ver la película -protagonizada por Bob Geldof, dirigida por Alan Parker- significara para mí quedar enganchado en un universo complejo, desarrollado a través de una veintena de discos, dos películas, dos discos en concierto oficiales, innumerables grabaciones piratas...un universo raro, lleno de una imaginería fabulosa y de una calidad musical inigualable.
A lo largo de estos años los elementos propios de esa imaginería se fueron sumergiendo en mi psique, poblándola de cerdos voladores, de muros altísimos construidos con miedos y desencuentros cotidianos, de rosas que se devoran mutuamente después de amarse, de largos pasajes de oscuridad -el interludio de Echoes, la intoducción de Absolutely curtains, el disco Animals- y también con momentos luminosos y sublimes, pese a su trasfondo inevitablemente pesimista y sombrío -Brain damage, Wish you were here-. Indudablemente, lo que uno lee, lo que escucha, las películas que ama, son las cosas que lo van convirtiendo en lo que en el fondo es...aunque suene paradójico, pero esas cosas que vienen de afuera, pero que uno elige -precisamente por eso, porque las elige-, son las que le dan una forma y le proveen de una manera de ver el mundo y, ciertamente, de una coraza para defenderse de él.
No deja de parecerme curioso el hecho de que Pink Floyd sea todo lo contrario a un grupo marginal. Es decir, no es una banda de culto de esas que poseen un puñado de adeptos esparcidos por el mundo: las ventas millonarias de sus discos, la multitudinaria asistencia a sus giras, la devoción que hizo que la gira PULSE fuera uno de los espectáculos más fabulosos vistos en esta era definida por el espectáculo, los convierten en uno de los grupos comercialmente más exitosos del mundo. Lo importante aquí, es el carácter intimista e introspectivo, a menudo melancólico que recorre su música y que aún tras la parafernalia que rodea un concierto suyo, queda flotando en el ambiente: lo que demuestra que pese a lo desalentadoras que sean -y con razón- las conclusiones de los que estudian los fenómenos de la cultura, en estos tiempos queda espacio para el arte mayor, para la calidad, para lo trascendente. Y que es accesible al gran público: ahí está, sólo se trata de abrir la mente y los oídos.
Es la primera vez que utilizo este medio. Lo he encontrado como una alternativa para buscar a quienes tengan algo que compartir, un punto de vista, una obsesión, una pregunta. Por otra parte, escribir se me aparece ahora como una tabla de salvación ante una rutina que mina todo lo que nos hace humanos: nuestra imaginación, nuestros deseos de comunicar, nuestra capacidad de escuchar. Citando a Roger Waters, y a Pink Floyd, a quienes inevitablemente tenía que dedicar ésta primera carta enviada al vacío -¿Is there anybody outhere?-, debo despedirme de todos, diciendo:
Tengo unas enormes ganas de volar
pero ningún sitio a dónde volar
Nobody home, The wall, 1979
Bogotá, 14-09-2005
Subscribe to:
Posts (Atom)