Qué vamos a usar
para llenar los espacios vacíos
donde solíamos hablar?
Nunca he estado en un concierto de Pink Floyd, o de alguno de sus miembros, que han hecho giras como solistas. Ante el estado de las cosas, es bien probable que ya nunca pueda verlos, aunque el concierto de julio de este año, y los persistentes rumores de una nueva gira mundial hayan hecho renacer la fe de sus adeptos. Muchos de ellos gente que, como yo, probablemente hayan nacido tardíamente para disfrutar el esplendor de uno de los grupos de músicos más talentosos del siglo XX.
Sin embargo, pese a no haberlos visto nunca; pese a que el año en que llegué a este mundo ya habían publicado su obra maestra; pese a vivir en un país que recibió a David Gilmour con una frialdad espantosa, fruto de la enorme ignorancia musical de sus habitantes...pese a todo eso, no ha pasado casi ningún día en los últimos 15 ó 16 años en que no haya escuchado una canción, al menos, de Pink Floyd, o leído algo en internet que me diera luces sobre el futuro de la banda, o haber observado una imagen suya. Esta clase de obsesiones suele generar la condescendencia, cuando no, la incomprensión de quienes no tienen un referente, una obsesión equivalente. Para ellos, por supuesto, no escribo esta página, sino para quienes saben exactamente lo que se siente.
Escuché a Pink Floyd por primera vez cuando tenía catorce años, una edad en la que era especialmente impresionable y vulnerable. Ya no me impresiono tan fácilmente. Últimamente me siento más vulnerable que entonces. En todo caso, los extraños acordes de The Wall, sus letras incomprensibles, me llegaron a través de una cinta -pésima, por cierto- que me grabó un amigo. Él tampoco sabía muy bien de qué se trataba todo eso. Mucho sospecho que nuestras obsesiones siguieron caminos bien distintos. Dado siempre a cierta tendencia hacia la soledad, un poco asocial y algo teatral, era apenas natural que, un año después, ver la película -protagonizada por Bob Geldof, dirigida por Alan Parker- significara para mí quedar enganchado en un universo complejo, desarrollado a través de una veintena de discos, dos películas, dos discos en concierto oficiales, innumerables grabaciones piratas...un universo raro, lleno de una imaginería fabulosa y de una calidad musical inigualable.
A lo largo de estos años los elementos propios de esa imaginería se fueron sumergiendo en mi psique, poblándola de cerdos voladores, de muros altísimos construidos con miedos y desencuentros cotidianos, de rosas que se devoran mutuamente después de amarse, de largos pasajes de oscuridad -el interludio de Echoes, la intoducción de Absolutely curtains, el disco Animals- y también con momentos luminosos y sublimes, pese a su trasfondo inevitablemente pesimista y sombrío -Brain damage, Wish you were here-. Indudablemente, lo que uno lee, lo que escucha, las películas que ama, son las cosas que lo van convirtiendo en lo que en el fondo es...aunque suene paradójico, pero esas cosas que vienen de afuera, pero que uno elige -precisamente por eso, porque las elige-, son las que le dan una forma y le proveen de una manera de ver el mundo y, ciertamente, de una coraza para defenderse de él.
No deja de parecerme curioso el hecho de que Pink Floyd sea todo lo contrario a un grupo marginal. Es decir, no es una banda de culto de esas que poseen un puñado de adeptos esparcidos por el mundo: las ventas millonarias de sus discos, la multitudinaria asistencia a sus giras, la devoción que hizo que la gira PULSE fuera uno de los espectáculos más fabulosos vistos en esta era definida por el espectáculo, los convierten en uno de los grupos comercialmente más exitosos del mundo. Lo importante aquí, es el carácter intimista e introspectivo, a menudo melancólico que recorre su música y que aún tras la parafernalia que rodea un concierto suyo, queda flotando en el ambiente: lo que demuestra que pese a lo desalentadoras que sean -y con razón- las conclusiones de los que estudian los fenómenos de la cultura, en estos tiempos queda espacio para el arte mayor, para la calidad, para lo trascendente. Y que es accesible al gran público: ahí está, sólo se trata de abrir la mente y los oídos.
Es la primera vez que utilizo este medio. Lo he encontrado como una alternativa para buscar a quienes tengan algo que compartir, un punto de vista, una obsesión, una pregunta. Por otra parte, escribir se me aparece ahora como una tabla de salvación ante una rutina que mina todo lo que nos hace humanos: nuestra imaginación, nuestros deseos de comunicar, nuestra capacidad de escuchar. Citando a Roger Waters, y a Pink Floyd, a quienes inevitablemente tenía que dedicar ésta primera carta enviada al vacío -¿Is there anybody outhere?-, debo despedirme de todos, diciendo:
Tengo unas enormes ganas de volar
pero ningún sitio a dónde volar
Nobody home, The wall, 1979
Bogotá, 14-09-2005
Wednesday, September 14, 2005
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2 comments:
Yes, there's a lot of people outhere. Pero pareciera que no es fácil encontrarse verdaderamente con los otros, no?
A veces, ni tan siquiera con uno mismo.
Pero acá estoy, te leí, me gustó, comparto tu gusto por Pink Floyd y sólo quería escribirte para decirte que tu botella al mar virtual llegó hasta mis costas. Espero sigas escribiendo, saludos desde Argentina,
ESTE AÑO SE CUMPLEN 35 AÑOS DEL DARK SIDE
25 AÑOS DE THE FINAL CUT
40 AÑOS DE A SAUCERFUL OF SECRETS
20 AÑOS DE THE DELICATE SOUND OF THUNDER...
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