Monday, December 03, 2007

Una promesa para mi hijo

No les puedo negar que me da mucho miedo ser responsable por la vida de un nuevo ser humano. Y es que el mundo en el que vivo, y en el que vivirá mi hijo, me asusta. Me duele. Me produce rabia y a veces una amarga desesperanza. Este mundo me hace cuestionarme por las razones que nos hacen humanos. Me hace preguntarme qué significa ser humanos. Un mundo donde todos los días se desperdician millones de toneladas de comida, y donde un niño se muere de física hambre cada minuto; algunas de esas muertes ocurren muy cerca de aquí, en medio de esta opulencia miserable. Un mundo donde matan a golpes a 50 zorros, y los despellejan vivos, para que una puta se pueda poner un abrigo. Un mundo donde le cortan las manos a los niños, a las mujeres y a los hombres, por unas piedritas que brillan mucho y que la sociedad opulenta y miserable ha convertido en símbolos de amor: un diamante en el anillo de compromiso de un rico tiene detrás alguna familia mutilada y desmembrada en Sierra Leona, o en algún otro país de Africa.

Hace unos días vi a un hombre muy viejo y muy solo comiendo sobras en un supermercado. Andaba entre las mesas a la espera de que alguien dejara algun resto en un plato. A la salida del supermercado lo vi llorando, y me fui con una buena dosis de tristeza atragantada en el alma. Me duele la gente que envejece sola, con el estómago hambriento y con el corazón hambriento. Me duele saber que en mi país hay gente a la que descuartizan viva; me duele que a la mayoría de la gente no le importe. Creo que no les importa porque no lo ven, y no lo ven porque no ver es un mecanismo de defensa para poder seguir viviendo. A veces quisiera no ver. A veces quisiera que no me doliera.

Me asusta que mi hijo crezca en este mundo infame, indiferente, desquiciado. Me asustan mis propios errores, que seguramente serán muchos. Me asusta hacer promesas que no pueda cumplir.

Pero delante de ustedes le quiero hacer unas cuantas promesas a mi hijo, que espero la vida me deje cumplir:

Le prometo enseñarle a ver la belleza que, a pesar de todo, hay en el mundo. Le prometo que vamos a reírnos mucho juntos. Le prometo mirar juntos los dibujos de los libros. Le prometo derrotar mi impaciencia crónica. Le pido que me tenga paciencia a mí mismo, que seguramente me voy a equivocar muchas, muchísimas veces. Le prometo que vamos a disfrutar juntos de las cosas que a mí me ayudan a vivir: la risa de su mamá, el cariño de sus abuelos, mis buenos amigos; la maravilla de la música, la magia de los libros, el valor de lo sencillo. Le prometo que algún día le daremos de comer a un perrito de la calle. Le prometo tratar de enseñarle a ser una persona justa y buena, aunque muchas veces yo mismo no lo haya sido.

A ustedes los pongo como testigos de mis promesas. Mi hijo será mi jurado más implacable, en este, que es el reto más importante que he tenido en la vida. He fracasado en casi todo. No puedo fracasar en esto. Puedo equivocarme muchas veces, puedo cometer mil errores, incluso puede que no aprenda de mis errores. Pero desde ya te pido perdón, hijo, y te pido que me entiendas: eres lo mejor que he hecho en mi vida, y tu mamita y yo tenemos en tí el motivo más importante. Desde ya perdónanos cuando te fallemos. Te prometo que por tí trataremos de ser mejores personas de lo que somos.

Se me ocurren mil cosas para prometerle a mi hijo, pero para empezar puedo prometerle que por más dolor y miseria que haya en el mundo, lucharemos, su mamá y yo, para que la fealdad del mundo no lo ensucie. Para que aprenda a disfrutar de las cosas que hacen del mundo un lugar en el que vale la pena vivir, en medio de todo. Ustedes son mis testigos.